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Portada cuento #5
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Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños solían ir a jugar al jardín del gigante.

Era un jardín hermoso, con pasto suave y verde. Entre el prado crecían hermosas flores que parecían estrellas, había allí doce árboles de duraznos los cuales durante la primavera florecían en delicados colores rosa y perla, y en el otoño producían abundantes frutos.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños cesaban sus juegos para oírlos cantar.

¡Qué felices somos aquí! - Solían decirse unos a otros.

Una tarde, el gigante volvió. Él había estado visitando a su amigo, el ogro de Cornualles y se había quedado allí por siete años. Pero después de siete años, ya había dicho todo lo que tenía para decir, ya que su conversación era limitada, así que decidió retornar a su propio castillo. Cuando el gigante llegó, vio a los niños jugando en el jardín.

¿Qué están haciendo en mi jardín? Gritó furioso, y los niños se alejaron corriendo.

¡Mi jardín es sólo mío!, dijo el gigante; -cualquiera puede entender eso, no dejaré que nadie juegue en él, solo yo-. Así que construyó un alto muro alrededor del jardín y le puso un aviso en la entrada:

LOS INTRUSOS SERÁN CASTIGADOS.

Era un gigante muy egoísta.

Los niños ya no tenían donde jugar. Intentaban jugar en el camino, pero era demasiado polvoriento y estaba lleno de piedras, a ellos no les gustaba. Solían caminar alrededor del muro cuando salían del colegio, y hablaban sobre el maravilloso jardín.

-Como éramos de felices- se decían unos a otros.

Luego del invierno, por fin la primavera llegó. La nieve y la escarcha desaparecieron y las flores tiñeron de colores la tierra. Los árboles se llenaron de brotes y los pájaros esparcieron sus canciones por los campos, excepto en el jardín del gigante. Allí seguía siendo invierno. Los pájaros no quisieron regresar porque ya no había niños, y los árboles no quisieron florecer. Cada vez que una flor se atrevía a florecer, veía el cartel en la reja y se escondía nuevamente en la tierra con gran pesar por los niños que no podían jugar allí. Los únicos que estaban contentos eran la nieve y la escarcha.

-“La primavera ha olvidado este jardín, así que podremos vivir aquí todo el año” - decían.

La nieve cubrió todo el pasto con su blanco manto, y la escarcha cubrió todos los árboles de plata. Luego invitaron al viento del norte a que se quedara con ellos, así que vino. Estaba cubierto de pieles, retumbaba todo el día en el jardín, y tumbaba con su soplo los utensilios de la chimenea.

-“Este es un lugar muy agradable, deberíamos decirle al granizo que nos visite” - dijo el viento del norte.

Así que el granizo también vino. Todos los días se agitaba por tres horas contra el techo del castillo, rompiendo varias de las tejas, luego corría de un lado a otro del jardín tan rápido como podía. Él estaba vestido de gris, y su aliento era de hielo.

-No puedo entender por qué la primavera no ha querido venir a mi jardín -se lamentaba una y otra vez el gigante.

- Mi jardín es un desierto, triste y frío, espero que el clima cambie pronto. Pero la primavera nunca llegó, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a cada jardín, menos al jardín del gigante.

- “Es demasiado egoísta”- decía.

Así que el invierno, el viento del norte, el granizo, la escarcha y la nieve bailaban por entre los árboles de aquel jardín.

Una mañana, el gigante se quedó en cama, triste y abatido. Con sorpresa oyó un hermoso canto, sonaba tan delicado que por un momento pensó que eran los músicos del rey que pasaban por allí. Pero realmente era el canto de un Mirlo que se había parado en su ventana, hacía tanto tiempo que no oía el canto de un pájaro, que pensó que era la música más bella que había oído jamás. Luego el granizo dejó de bailar sobre su cabeza, y el viento del norte dejó de resoplar, un delicioso perfume entró por la ventana abierta.

-Creo que la primavera ha venido al fin- dijo el gigante y saltó de la cama para ver por la ventana.

- ¿Qué fue lo que vio?

La más maravillosa vista. Los niños habían entrado al jardín por un agujero del muro y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol había un niño y la primavera los había seguido.

Los árboles estaban felices de ver a los niños de nuevo así que florecieron, los pájaros volaban y cantaban, y las flores empezaban a florecer en medio del suelo. Era una escena preciosa, solo en una pequeña esquina seguía siendo invierno, en ella estaba un solo niño que no había conseguido subir a ningún árbol y lloraba amargamente porque era demasiado pequeño y no llegaba ni siquiera a la rama más baja del árbol más pequeño. El árbol le decía que se subiera a sus ramas, para que así el viento del norte y el invierno desaparecieran.

El gigante sintió compasión por el niño.

- ¡Qué egoísta he sido! - Ahora comprendo por qué la primavera no quería venir a mi jardín. Derribaré el muro y lo convertiré en un parque para disfrute de los niños. Pero antes debo ayudar a ese pequeño a subir al árbol.

El gigante bajó las escaleras, abrió la puerta suavemente y entró en su jardín, pero cuando los niños lo vieron se asustaron tanto que volvieron a escaparse y el invierno volvió. Solo quedó el pequeño, que tenía los ojos llenos de lágrimas y no pudo ver acercarse al gigante. El gigante se paró detrás del niño y lo puso sobre el árbol.

De inmediato el árbol se llenó de flores, y de pájaros, el niño rodeó con sus brazos el cuello del gigante y lo besó.

Cuando los demás niños comprobaron que el gigante se había vuelto bueno y amable, regresaron corriendo al jardín por el agujero del muro y la primavera entró con ellos.

-Es su jardín ahora - dijo el gigante, tomando una gran hacha para derribar el muro. Luego cuando la gente salió para ir al mercado a las 12 en punto, vieron al gigante jugando con los niños en el más hermoso jardín que jamás habían visto.

Jugaron todo el día y cuando fueron a despedirse de él en la tarde, el gigante les preguntó - ¿Dónde está el pequeño niño?

Pero los niños no lo sabían.

Todos los días, al salir de la escuela, los niños iban a jugar al hermoso jardín del gigante. Y todos los días el gigante les hacía la misma pregunta: - ¿Ha venido hoy el pequeño? - también todos los días, recibía la misma respuesta:

-No sabemos dónde encontrarlo. La única vez que lo vimos fue el día en que derribaste el muro.

El gigante se sentía muy triste, porque quería mucho al pequeño. Sólo lo alegraba el ver jugar a los demás niños.

Los años pasaron y el gigante se hizo viejo. Llegó un momento en que ya no pudo jugar con los niños, así que se sentaba en una gran silla y los veía jugar.

-Tengo unas hermosas flores aquí, pero los niños son aún más hermosos que las flores.

Una mañana de invierno estaba asomado a la ventana de su dormitorio, ya no odiaba el invierno puesto que sabía que la primavera solo estaba dormida, y que las flores estaban descansando.

Cuando de pronto vio un árbol precioso en un rincón del jardín. Las ramas doradas estaban cubiertas de delicadas flores blancas y de frutos plateados, y debajo del árbol se hallaba el pequeño niño.

¡Por fin ha vuelto! - Exclamó el gigante, lleno de alegría.

Olvidándose que tenía las piernas muy débiles, corrió escaleras abajo y atravesó el jardín. Pero al llegar junto al pequeño enrojeció de cólera.

¿Quién te ha hecho daño? ¡Tienes señales de clavos en las manos y en los pies!

Por muy viejo y débil que esté, mataré a las personas que te hayan hecho esto.

Entonces el niño sonrió dulcemente y le dijo:

-Calma. No te enfades y ven conmigo.

¿Quién eres? -Susurró el gigante, cayendo de rodillas.

-Hace mucho tiempo me dejaste jugar en tu jardín -respondió el niño-. Ahora quiero que vengas a jugar al mío, que se llama Paraíso.

Esa tarde, cuando los niños entraron en el jardín para jugar, encontraron al gigante muerto, pacíficamente recostado en un árbol, todo cubierto de flores blancas.