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Portada cuento #4
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Las horas de la mendicidad habían llegado a su fin. Por muchos años anduve en las calles de una ciudad donde minuto a minuto me consumía más en la penuria; era un alma mortal que tenía moscos encima de su andrajosa cabellera; la barba larga y seca. El olor a miseria y vicio estaban adheridos a mí.

Ese era yo, el loco, el desechable que causaba pánico a los demás. No los juzgo porque al igual que ellos quería escapar de mí.

Era joven, y detrás de esos atavíos harapientos se escondía una persona que en algún momento soñó que todo era posible y terminó derrotado por el ir y venir del destino.

De niño mientras me escondía en el ropero de plástico, a través de los resquicios que dejaban sus tiras deshilachadas, podía observar las golpizas que daba mi padre a mi madre y como despiadadamente abusaba de ella; solo podía concentrarme en los calambres que encogían mis piernas y en los sollozos lejanos de mi hermano menor; a esto se reducía mi miserable existencia.

Muchas veces dentro del ropero cerraba los ojos e imaginaba una paz perpetua fuera de aquel lugar; la última vez de encierro, entre las grietas opacas pude ver los ojos blanqueados de mi madre tirada en el piso de arena con su vestido de flores percudido de tanto trajín y las sandalias reventadas en su suela; por fin su alma descansó eternamente. Días después, mi padre fue hallado en los matorrales aledaños al rancho donde vivíamos con una cortada de machete en su cuello y la sangre salpicada en su diabólico rostro.

Los recuerdos poco a poco se fueron esfumando. Comencé a sentir el sofocante calor en las calles, la agonía en el estómago por comer basura, la degeneración por las drogas y un dolor nocturno en el pecho que eliminó instintivamente cualquier recuerdo familiar.

Las noches las pasaba en la puerta del cementerio municipal; cuidaba las barracas desaliñadas de los floristas que allí comercializaban sus productos fúnebres y, a cambio recibía un pan simple con un jugo de naranja. Instalaba mi cambuche de cartones debajo del alar del tejado de la capilla; cuando llovía algunas gotas se filtraban y caían como puntas que helaban hasta mis tuétanos.

Un día de mi mísera cotidianidad, cuando disfrutaba del pan y el jugo de naranja se dirigió hacia mí un joven desgarbado, con una sombra de barba en su rostro; de camisa blanca mal abotonada en la cual estaba el nombre del cementerio municipal. Con un suave tartamudeo pronunció:

— la administración del cementerio quiere que usted sea el nuevo sepulturero. Finalizó con una pregunta tajante: — ¿Quisiera aceptar el trabajo?

Asentí con mi cabeza mientras me atragantaba con el pan y dejé que me guiara. Al entrar fui presentado a la recepcionista: una mujer gorda y de aspecto amargado que no reflejaba ninguna expresión de alegría en su rostro; era como si los años la hubiesen obligado a postrarse detrás de un escritorio en ese lugar de muerte y desolación. Ni siquiera me determinó, solo entregó unas llaves a mi guía y este me condujo al pequeño cuarto que sería mi hogar.

Al irrumpir en aquella habitación un olor a flores secas combinadas con aguas negras hacía que el lugar apestase; había una cama de madera recién barnizada aroma acronal tendida por una cobija gruesa de lana gris; al frente de ella, una butaca que sostenía un televisor rojo de perilla y un pequeño reloj despertador; había un ropero tejido en plástico encima de dos ladrillos que me hicieron recordar los ojos blanqueados de mi madre; también había una ventana que daba hacia el campo santo y a la izquierda un cuartico separado por una cortina de tela amarrada a una pita “cola de rata” en dos clavos largos aferrados al cemento carrasposo del techo; dentro de él, un retrete azul aguamarina pelado en su borde sin tapa en su tanque y hacia un costado, la boca de un tubo de PVC que cumplía la función de regadera; asimismo un pequeño anaquel con varios implementos de aseo mal acomodados, un espejo opaco y un balde en el rincón.

Mientras observaba la habitación aquel joven guía sacaba de una tula un plato de icopor cubierto por un papel termoencogible y un frasco de algún líquido color violeta, y casi hablando entre sus dientes, dijo: — acá tendrás un sitio para dormir y no te faltará comida y mientras señalaba con su boca hacía el ropero, continuaba su sermón:

— tendrás ropa limpia e implementos de aseo.

Al cerrarse esa puerta una tenue y tranquilizadora soledad me abrazó. Después de muchos años sentía mi espíritu reconfortarse; como león que devora su presa comía desesperadamente de ese plato y varias carcajadas demoníacas salían de mí; luego me tiré de espaldas en la cama y dejé que un sueño profundo se apoderara de mi ser.

Al día siguiente el reloj despertador interrumpía mi sueño y me levantaba como un guerrero que después de luchar alcanzaba la victoria; disfrutaba del agua y con el estropajo arrancaba de mí el aroma putrefacto del que siempre quise huir; apliqué champú en

mi cabello y gemía de dolor al desenredar todo ese pasado en mi cabeza; me afeité la barba y me cepillé los dientes. Al verme en el espejo mi corazón se agitaba y sentía que eran dos personas distintas las que estaban allí en la habitación.

Al llegar a la recepción pude ver como la señora gorda abría sus ojos y hacía un gesto de sorpresa quizá porque mi nueva faceta le daba un aire armonioso a su interior de penumbras; el guía se reía con su boca torcida y me daba varias palmadas en la espalda expresando el gusto de ver el nuevo ser que emergía de mí. Cada día, luego del desayuno empezaba mi faena. Acompañado del muchacho era llevado hacia la profundidad del cementerio. En aquel lugar conocería al hombre que me cedió su labor: un pobre viejo de piel quemada por el fuerte sol; encorvado y de rostro cadavérico; era como si se tratase de un muerto que había escapado de cualquiera de las tumbas; sus ojos reflejaban una penosa angustia y extenuación y, en sus pupilas, el reflejo de las penas de los mortales y los lamentos de los seres del más allá.

Mi cuerpo se estremecía y el placer de disfrutar una vida “lujosa” fuera de las calles empezaba a traer el sinsabor del terror.

La oxidada pala del viejo me fue entregada y sentí en sus manos como se quitaba una carga de años que lo atormentó durante gran parte de su vida.

En su mirada fija y penetrante pude escuchar el susurro de un “buena suerte” y los precipitados pasos a una corta y nueva vida.

Me convertí en el nuevo sepulturero, un hombre de carne y hueso que empezaba a convivir con huesos secos y carnes descompuestas; sería la nueva persona que abriría la horripilante puerta de la muerte y daría paso a los nuevos viajeros hacia lo desconocido. Pero todo inicio es difícil: tres palazos me mantenían agotado; las peladuras de la mano, los fuertes rayos del sol en mi espalda, la maleza como plantas carnívoras que devoraban mi piel. El pensar en la reconfortante cobija gris y el plato de comida me mantenían vivo y con mi cabeza hacia adelante.

Como a todo hombre le ha pasado, el terror “del más allá” empezó a jugar en mi mente: aquella persona en una foto vieja que yacía en la destruida lápida la veía pasear de un lado a otro; el llanto de alguna niña llamando a su madre la escuchaba en mi subconsciente y el extravío en los pasillos de este lugar hacían parte de mis sueños.

Cuando sentía que iba a oscurecer dejaba mi pala y me metía en mi guarida, pero a medida que fueron pasando los días empecé a ser parte de todo aquello; algunas lunas me descubrían con la pala en mis manos, las gotas de lluvia me hacían resbalar en el fango y el temor fue desapareciendo. Me convertí en una persona observada por los curiosos niños, el culpable del dolor desgarrador de las madres y el verdugo de la muerte. Algunas noches me asomaba por la ventana de la habitación y mientras me fumaba un cigarrillo observaba en dirección al valle de la muerte, dibujado en pequeñas cruces que sobresalían a lo lejos; desde allí creía ver a mi padre tirado en el matorral quien luego se paraba, se secaba la sangre de su rostro y flotando venía hasta mí. Para olvidarme de tan macabra escena salía en la madrugada y daba un recorrido por las tumbas contiguas a la habitación, me sentaba en la lápida de Rómulo Rengifo 1946- 2016 y conversaba un rato con él.

El cansancio empezaba a verse reflejado en mi cuerpo. En las noches un sudor frío me recorría el cuerpo y un dolor punzante quemaba mi pecho; me retorcía debajo de la cobija y gritaba hacia mis adentros.

Al amanecer me internaba en las profundidades del cementerio. No volví a ver al guía ni a la recepcionista; recorría una y otra vez los largos pasillos curvos rodeados de bóvedas; me aprendí de memoria los nombres de los difuntos e inicié con algunas labores ajenas: cambiar aguas putrefactas, acomodar las flores y vigilar el lugar. De pronto las imágenes en mi subconsciente se hicieron reales, los fantasmas me llamaban con sus manos y yo salía tras ellos; cuando llegaba la noche seguía en mi persecución, sentía a Rómulo todo el tiempo tras de mí. Al amanecer empecé a ser insignificante para los demás mortales y recordaba los tiempos de habitante de calle. Aquel lugar me había atrapado, me había consumido totalmente, ya no tenía noción del tiempo. ¿La pala? Ya ni recordaba en qué lugar estaba y no sabía cómo llegar a mi habitación.

Una noche mientras sentía una sed tremebunda deambulé por los pasillos y malezas hasta que logré divisar mi pequeño cuarto. Me dirigí hasta el lugar pero fui interrumpido por el guía que entraba allí; me reconforté al pensar que el muchacho había dejado el plato de comida y la sobremesa. Esperé a que el joven saliera, y en ese instante pude ver cómo se asomaba por el umbral de la puerta agarrando forzosamente en sus brazos la cobija gris y en ella mi cuerpo tieso e inmóvil que se había desvanecido en la oscuridad.