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Portada cuento #3
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Luego de escuchar el repique de las campanas que anunciaba la proximidad de la celebración litúrgica, don Mesías se incorporó de su sillón, se acomodó el traje, y antes de tomar su sombrero, se despidió tibiamente de su esposa que aún continuaba lavando en la cocina, los platos sucios que dejó un almuerzo preparado bajo las más estrictas reglas de la vigilia. Era viernes de cuaresma y se disponía a cumplir con el sacramento de la confesión, al cual acudía fielmente cada semana desde que inició su preparación para la primera comunión. Habían pasado ya 40 años desde el ceremonial evento y, sin importar que no tuviera arrepentimiento alguno, nunca había dejado de cumplirlo.

Caminó tres cuadras para llegar a la iglesia. En su recorrido, además de saludar cortésmente a cuanto parroquiano encontraba, reflexionó sobre lo que tenía para confesar de la última semana. Se tranquilizó al verse caminar solo; preparó la manera en que habría de contarle las faltas a su confesor, el viejo curita que llevaba más de tres lustros en el pueblo. Tenía la costumbre de acudir solitario a la iglesia: era un momento de intimidad que no se permitía perturbar

con la compañía de su esposa o sus hijos, a quienes exigía acudir a misa u otra celebración religiosa por aparte.

Al llegar al atrio se quitó el sombrero, no sin antes inspeccionar quien estaba presenciando su entrada a la iglesia. Respiró profundamente al santiguarse con el agua bendita, que tomó de una de las pilas métricamente dispuestas en la entrada. Observó que en efecto había concurrido un buen número de feligreses para la confesión de las dos de la tarde. Por una de las bóvedas del templo se dirigió hacía el confesionario donde había una larga fila. Mientras esperaba su momento detuvo su mirada en los arreglos florales y calculó que tendrían más de ocho días de puestos.

Examinó profundamente los paños púrpura que cubrían el altar y creaban una atmósfera fúnebre. Por fin llegó su turno, se inclinó apoyándose en su rodilla derecha y se dispuso a cumplir con el sagrado sacramento.

—¿Cuánto hace que no te confiesas?

—dijo el cura.

—Una semana padre —don Mesías contestó.

El reverendo inclinó su cabeza hacia adelante aprobando la respuesta y reconociendo en el instante de quién se trataba. Se soltó el cuello de la sotana con su mano izquierda, mientras que con la derecha aferraba el breviario a su vientre. Don Mesías alcanzó a ver a través de la pequeña rendija aquel movimiento y como algo mecanizado esperó a que continuara el interrogatorio.

—Me he enterado de lo que pasó — dijo intempestivamente el sacerdote.

Don Mesías no emitió palabra alguna frente al giro imprevisto que tomó aquella confesión. Se mantuvo en silencio rehuyendo el comentario, lo que derivó en un momento incómodo, reforzado por el silencio del sacerdote quien esperaba atento su respuesta. Al no recibirla, este continuó:

—¿Cuáles son tus pecados hijo?, inquirió.

Don Mesías, que hasta ese momento había permanecido inclinado, comprendió que esta no sería una confesión rutinaria como la de cada semana. Era claro que debía revelar y explicar, por lo menos a su pastor, los acontecimientos recientes que tenían al pueblo abrumado. No lo había hecho hasta entonces, pues era precisamente con el cura con quien quería hablar primero.

Al entender la transcendencia del momento, alzando la cabeza contestó:

— Todo fue inesperado padre —expresó con voz firme. ¡Si el Masón ese no se hubiese volado, si por lo menos hubiera dado la cara, nada de esto habría ocurrido!

El cura se acomodó en su silla. Miraba siempre de frente y en ningún momento viró su cara en dirección al feligrés.

— ¡Dios sabe por qué hace sus cosas!, afirmó el sacerdote con solemnidad.

—Aunque a veces no todos entendemos, debemos ser apacibles y… aceptar sus designios.

— La verdad padre ha sido la única vez que he sentido lástima por la familia de un liberal —agregó don Mesías— pero lo hecho, hecho está.

— Dime que pasó —dijo el cura dispuesto a continuar con el interrogatorio.

Don Mesías hizo una pausa. Pasó la mano por su cara y bajando la mirada, relató:

— Padre, usted sabe que yo solamente cumplía con el deber que me encomendó el directorio desde la Capital: “acabar con todos los enemigos del gobierno y de la Santa Iglesia”. Esa mañana ordené a mis muchachos que limpiaran bien sus fusiles porque muy seguramente los usarían, así fuera solo para echar tiros al aire. Una era nuestra encomienda: ir hasta la casa roja y entregarle la “boleta” al masón de don Francisco Giraldo; recomendarle que en todo caso, si no salía de la vereda y del pueblo en el tiempo prescrito, le echaríamos fuego a la casa con señora, hijos y todo lo que tuviera adentro. Algo de esto se lo comenté a mis muchachos cuando alistaban los caballos y, uno de ellos murmuró:

— ¡Pues le echamos candela de una vez! Yo no presté atención a lo que dijo.

Les hice señas de arrancar. Durante el camino no hablamos mucho, llevábamos una semana entera en las veredas, estábamos cansados y de mal humor. A punto de arribar a nuestro destino atisbé la prodigiosa tierra de don Francisco, sus abundantes cultivos y lo fértil que se veían sus pastos. Pensé: “Dios derrama gracia sobre estas tierras, incluso siendo propiedad de un ateo”.

— Nuestro Señor bendice todas las tierras sin importar de quien sean —interrumpió el cura—, pero don Francisco no es tan ateo como usted dice. Algunos domingos le veía en misa y cada año cumple con el diezmo. ¡Lástima su obstinada inclinación por los rojos!

— ¡Pero también sabe usted padre, el que es enemigo del gobierno es enemigo de Dios! —contestó agitadamente.

Por eso las órdenes eran sacarlo de estas tierras para que dejara de vociferar contra nuestro partido.

Después de una hora de camino, llegamos a la enorme casa, tan molesta, con sus columnas y barandas pintadas de rojo. Hice una seña para que nos distribuyéramos en el patio encementado y gritando, llamé: ¡Francisco Giraldo... Francisco Giraldo..!

La única respuesta que obtuvimos fue el ladrido de un perro. Di instrucciones entonces de rodear la casa, y antes de irrumpir en ella, grité una vez más:

¡Francisco Giraldo...Francisco Giraldo..! Finalmente, apareció en el balcón su mujer cargando un bebé y rodeada por sus otros dos hijos pequeños. Los niños parecían extrañados con nuestra presencia, algo temerosos, como todo niño frente a unos desconocidos. Era obvio que el infeliz de don Francisco sabía de la boleta; posiblemente vio nuestro descenso por las colinas y al vernos armados salió huyendo. Si, se había volado, lo supimos al ver que la mujer sostenía una sonrisa fastidiosa y desafiante.

Hizo una pausa en su relato. Observó alrededor a varios devotos que esperaban en la fila. Sin perturbarse, don Mesías prosiguió:

—“¿Están buscando a mi marido? ¡han perdido la venida! —nos gritó la maldita mujer. “Pues cómo les parece que no está aquí, jamás lo encontrarán”. Ahora, ¡lárguense de mi casa, godos!

Eché una mirada alrededor, hice que dos de mis hombres revisaran la casa.

Mientras esperaba empecé a sentir desespero y rabia; al verlos aparecer con una mirada de derrota solo podía pensar en hacer algo para que mis muchachos no sintieran que nos la habían hecho: era inminente dar un golpe de autoridad.

—“Se nos voló el desgraciado” —dije en voz alta para que ellos escucharan. “Y enseguida esta, su mujer, se atreve a llamarnos godos”. Uno de mis hombres, al que llamamos Cachiro, que no se traga nada, se sintió más ofendido que yo y le gritó: —¡Vieja, le vamos a enseñar a respetar! Brincó de su caballo y subió las escaleras en un santiamén, agarró a la mujer por el brazo apartándola de sus hijos, pero sin hacerle desprender del bebé que seguía cargando; la empujó por las escalas haciéndole acelerar el pasó cada vez más, mientras se escuchaba el llanto de sus otros dos hijos que con miedo la seguían. Ante el ataque inminente del perro, una patada bastó para que saliera chillando. Yo no reaccioné frente a esta situación, todo pasó tan rápido que cuando quise intervenir ya Cachiro había arrojado a la mujer y sus hijos a un lado del patio. Sin embargo, después de todo, yo aprobaba su reacción.

—“Entonces qué patrón, usted nos dirá que hacer”—me dijo Cachiro, expectante a mi respuesta.

No lo voltié a mirar. Contemplé la enorme casa con sus firmes paredes y pisos tan bien definidos que la hacían ver majestuosa. —“¿Le echamos candela?”— interrogó desde el otro lado del patio Norman, quien de nosotros es el que más hambre le lleva a los liberales; “usted bien sabe padre que ellos le mataron el hermano mayor”. Yo en ese momento estaba algo frustrado al igual que mis muchachos por no poder cumplir la encomienda. Ese sentimiento se me transformó en ira. Mi mensaje fue para que lo escucharan todos, incluso el mismo Francisco Giraldo que en algún matorral debía estar escondido como un animal: !de aquí no nos vamos sin hacer nada, no vamos a perder la venida! ¿Con que muy brava la señora?

Vamos a ver qué tan brava se pone cuando le quememos la casa:… ¡Échenle muchachos!, que no quede ni una tabla. Y así fue, un momento después la casa roja, la más grande de la vereda estaba más prendida que el infierno. “No pude cumplir quemar la casa con su familia adentro”, dijo, en un amago de piedad y continuó su narración.

La mujer miraba aterrada cómo el fuego consumía cada centímetro de su morada, ya no tan desafiante; sus gritos fueron insoportables al igual que el quejumbroso llanto de sus hijos. Hice señas a los muchachos para retomar camino. Minutos después, a metros de aquel desastre, contemplamos que las llamas empezaban a ceder y consumían lo poco que quedaba, de lo que fue una de las casas más admiradas por sus vecinos. Anduvimos serenos, ya el cansancio y el fastidio que llevábamos al inicio habían sido descargados. Al llegar al pueblo despedí a los hombres y me fui a mi casa. Era justo descansar.

Don Mesías acomodó su cuerpo mientras esperaba la respuesta y la absolución del cura, quien se notaba alterado por el cruento desenlace. El sacerdote respiró profundamente.

— Pero ahora resulta que la mujer de don Francisco Giraldo está con sus hijos aquí en el pueblo, mendigando y mostrando su desgracia —comentó el padre sin reservas. Dicen que están pasando la noche frente a la estación de policía sin que nadie haga algo para auxiliarlos o desterrarlos.

El cura hizo una pausa para mover su cuerpo y entrelazando sus dedos en el breviario, reclamó: — No era necesario tanto escarmiento don Mesías. Me ha puesto usted en una situación difícil. La gente espera que en el púlpito diga algo sobre esto. Muchos han querido ayudar a la mujer y no lo hacen hasta saber cómo se vería su caridad ante Dios y su Iglesia.

— No tiene que mencionar nada padre — aseveró don Mesías— con el tiempo

la mujer se cansará y se irá con sus hijos y su lamento. El pueblo se olvidará del asunto o nosotros hacemos que se olvide.

— ¿Qué hay con don Francisco?— interrogó finalmente el sacerdote.

Don Mesías reflexionó antes de contestar: — ¡Ya está arreglado! Se ha Camilo López Mondragón pasado la voz, tanto en el pueblo como en cada vereda, que si lo llegan a ver lo agarren y me lo traigan para terminar la tarea. No se preocupe por la tierra padre, será una parte para el gobierno y la otra una donación para la iglesia.

El curador de almas levantó su mano e hizo la señal de la bendición para terminar, sin ninguna penitencia impuesta, la confesión de don Mesías. Este se incorporó y antes de abandonar el templo dejó su ofrenda en una alcancía de madera puesta a los pies de una estatua virginal. Se santiguó y salió. Ya en el atrio encontró a Cachiro y a Norman, quienes en representación de los demás recibieron el pago acordado por sus días de romería en las veredas.