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Portada cuento #2
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Preciso contar mi historia, pues un acto de amor no se le niega a nadie. La experiencia que voy a relatarles, trazó una marca profunda con la cual debo luchar: sigo a tientas durante el día y tengo el gusto extraño de dormir con una lámpara encendida bajo las cobijas, pues con el transcurrir de los años he conservado intacto en el cuerpo y la memoria…... el temor a la oscuridad.

Sufrí terriblemente al sentir, y no poder ver, lo que se deslizaba detrás de mí, acechándome o me miraba de lejos mientras recorría los corredores oscuros hasta el baño de la casa. ¡Nunca pude mirar hacia atrás! ¡Nunca pude enfrentar esa presencia! Sabía que mi corazón no lo resistiría y, sin embargo, fue mi juicio el que claudicó. Y no lo culpo por abandonarme, pues a todos alguna vez nos ha dado miedo.

Como no quiero ser responsable por las locuras de otros, debo dejar, a su voluntad y riesgo, la carga de querer conocer el suceso que paró los pelos de punta de quienes entramos en contacto con aquella forma transmutada en algo real. Para ese entonces vivíamos en una casa de corredores cubiertos por tablones blanquecinos, retorcidos y chirriantes; adornados por chambranas en macana, que lo soltaban todo de sus manos, fruto de una especie de artritis que las dobló sin remedio. Y de cielorrasos que disimulaban el cáncer terminal que sufría la madera. El baño, la cocina y el comedor dispuestos en galería y, las habitaciones separadas del espacio exterior por un contraportón, a manera de salvaguarda.

¡Qué días felices aquellos en que nacieron los gaticos! Cuando la niña Antonia alumbró el sapo y este se infló para tirarnos leche como si le hubiesen salpicado levadura a un pan; o cuando el perrito criollo, valorado con amor en nuestras cuentas, salvó el gato de ser aplastado por la puerta. ¡Qué alegría ver los azulejos, los bichofués, las reinitas y los cucaracheros, bañarse en la piedra que en otrora fuese utilizada para lavar la ropa!

¡Ah!, y cómo olvidar el olor desprendido desde el fogón de leña y en cuyas hornillas la abuela asaba diestramente las arepas para el desayuno.

Recuerdo, como si fuera ayer, a las hormigas negras perseguidas sin cuartel por mi madre; a los cucarrones mierderos amarrados con un hilo en alguna de sus patas, y que a modo de cometa, los animábamos a volar. A los zancudos que siempre trataron de chuparnos la sangre y a la tortuga que se enterró voluntariamente en los cimientos de la casa. En fin, de tantas pequeñas cosas que siempre fueron guardadas por nosotros con una simple y llana felicidad.

Un día esa felicidad se vio truncada. Iniciaron aquellas pisadas raudas y misteriosas, amigas de la oscuridad, que junto con el terrible crujir de la maltrecha estructura, hacían que hasta el más valiente de los hombres escondiera cuerpo y cabeza entre las mantas, esperando la llegada del nuevo amanecer. ¡Qué calor pasábamos en aquellas desventuras!, ¡máxime!, si creíamos que en un abrir y cerrar de ojos podría estar mirándonos un bulto amorfo, revoloteante, con cara de bruja y deseos de saludar: historias de abuelos impregnadas de tradición en los habitantes de la casa, y que por asiduos curiosos nos hacían pasar malas jornadas.

Se tranzaba en cada uno, la contienda entre el querer escuchar o esconderse cuando se hablaba de la llorona, la madremonte, la patasola; del jinete sin cabeza, de la muerte colgada en un árbol o de la mula de tres patas; entre muchos otros... no sé si pueda decir...

cuentos; porque después de tantos años, Guillermo el primo, tiene pesadillas mientras duerme; yo en su lugar, mientras aún estoy despierto.

Para entender un poco la intensidad del fenómeno de lo que sucedía en la casa, bastaba con ver en las mañanas el rostro de pánico de un pequeño San Martín de Porres, instalado con fe, en una de las ventanas que miraba hacia el solar. Su alma de pasta se quebró de tanto resistirse, por enfrentarse solitario, en las noches, a la figura fantasmal.

Terminó con la cabeza gacha, sudoroso y con los ojos desorbitados; pasaba las noches en vela rogando a sus amigos los santos, para no ser abandonado a su propia suerte. ¡Tristemente enmudeció! Y ya no acudía a los ruegos de mi madre. Acallado por el gélido terror que le propiciaba el contacto con su suave y carnoso látigo, nunca tuvo el valor suficiente para contarnos lo que pasaba.

Él sabía que algo andaba mal. En noches de luna, cuando la sombra del zapote se reflejada sobre el patio y los árboles de mango en cosecha estaban a reventar, las ramas se estremecían vigorosamente, cada vez más cerca de la casa, y las hojas caían profusamente al suelo, sin explicación alguna: eran oleadas de terror fabricadas en la espesura que enfilaban batería hacia su sacra humanidad; punto en el que, las náuseas se apoderaban de sí y no conseguía retener sus aguas internas. Él era el paso obligado desde el cual la imagen espectral conjuraba el ritual de quedarse en la casa hasta el amanecer.

Por eso, ansiaba con todas sus fuerzas, se cumpliese el acto que muchos le atribuían: poder levitar y marcharse.

La noche dejaba cada vez más en nosotros y en los enseres de la casa las huellas inexorables de su paso: un polvillo diminuto y negruzco caído desde el cielorraso, como fiel testigo de que lo acontecido no era ficción sino realidad. Se barría y sacudía todos los días, se retiraba de las colchas de retazo de las camas no utilizadas, del piso, las paredes y demás, pero no conseguíamos eliminarlo a pesar de los esfuerzos infructuosos. Es penoso confesarlo y, acepto con justa razón sus reproches, pero un día la abuela se quedó dormida en un rincón del corredor en su mecedora y fue tanta la descarga de polvillo aquella noche, que alcanzó la apariencia de un termitero en un potrero. Pobre viejecita, ¡cómo se nos olvidó entrarla esa noche!

La vida que antes fuera solo alegría y risas, se tornaba sin esperanza alguna para su redención. Y sin embargo, la salvación llegó cuando menos la esperábamos: la noche no despertaba al alba todavía y los vecinos, al igual que nosotros, escucharon desde sus literas una especie de grilletes y cadenas que eran arrastrados. Las ollas de la cocina caían sin cesar, se desplomaban los cubiertos desde las alacenas y tintineaban lúgubremente las cacerolas. Gruñidos de dolor y de desespero nos alarmaron, y a pesar del miedo que no conoce calzones, salimos de los cuartos, de dos en dos, por aquella vieja creencia de que a un número par no hay alma bendita que lo espante.

A mí me tocó con la abuela, quien siempre tuvo los ojos y los oídos pegados a estas cosas misteriosas, cuando de niña vio a un elegante “cachaquito” aplaudirle burlonamente: un ser diminuto, con sombrero de copa y de buena reputación por espantar en la región. De lo que nadie se percató, una vez parados todos en la puerta de la cocina, es que, en suma, nuestro número era impar.

Después de cotejar silenciosamente lo sucedido, nuestra querida vieja exclamó: «¡hay un entierro! y es preciso sacarlo para que el alma en pena pueda descansar». Inmediatamente se me helaron los huesos, los dientes comenzaron a restallar, un sudor frío como el de las tumbas se escurrió por mi frente, y se apoderaron de mí unas ganas infinitas de orinar. «¡Es necesario hacerlo lo más pronto posible!», agregó, arguyendo que una vez los vecinos de una casa en donde aconteció algo similar, excavaron sigilosamente desde su propia cocina, abrieron un boquete en la pared e ingresaron sin permiso mientras los dueños dormían. Su inmueble apareció abandonado a la mañana siguiente, dejando en pago un diente de oro junto a una nota que rezaba fugazmente: «gracias».

Como los hombres de la casa estábamos estupefactos, mi madre, decidida y con crucifijo en mano, encendió la luz y estrujó la puerta dejando a tanto miedoso a su espalda. Un viento vacilante nos despelucó a todos y percibimos la huída de unas pisadas del lugar. Pero ¿a dónde? No había otra salida. En ese instante, el aire se cargó de un olor insoportable. Augustico, el menor de los niños, no consiguió retener el miedo y este se le escurrió como un barro oscuro entre sus piernas. Sin poder resistir el impacto, los ojos de mi padre se voltearon como en un trance, dejando en su lugar dos pepas blancas y brillantes. «¡Virgen de Fátima!, vea pues este como nos salió de flojo», —gritó mi mamá. El destinado a ser el sepulturero, el que liberaría al oprimido de nuestro cementerio, se había quedado sin habla y sin pronuncia.

De repente todo parecía un desastre.

El piso de la cocina era un charco cristalino y mal oliente; sobre el mesón, las cáscaras de los mangos resguardados esparcidas por doquier y, en el lavaplatos, las semillas respectivas. Una parte del cielorraso yacía extrañamente desplomada, al igual que los utensilios metálicos, deshojados uno a uno, de los clavos dispuestos en la pared. Astillas de madera regadas como punzones fueron consecuentes con los gemidos escuchados y acusaban el cansancio de este innombrable por tratar de escapar de su prisión terrenal: la mañana se acercaba y era preciso regresar al territorio en el que descansan los muertos.

Entramos tomados de las manos. Algunos dizque alcanzaron a sentir el olor azufrado que tienen los penitentes caídos en desgracia, pero después de revisar cuidadosamente, nos percatarnos que nuestros miedos siempre fueron infundados. Aquello que parecía escaparse a nuestros sentidos y que dejó en mí la incapacidad referida, no era más que un animalejo que tenía en el marsupio un reguero de animalitos que debía alimentar. Había caído desde las alturas por su propio peso. «¡Véanla ahí, es una Chucha1!» —Alguien exclamó.

Alertada por el grito, la pobre visitante saltó de su escondite. Se resguardó ágilmente bajo las enaguas de la tía Lila, quien de tumbo en tumbo trato de correr igual. Entre el amasijo de manos que trataban de sacar el escurridizo animal que se metió en su falda, el inmenso rabo chuchipelado, desteñido a la mitad, sobresalía ahora sin inmutarse.

Mi padre que había vuelto en sí de su trance, logró acogerla delicadamente entre sus brazos y, sin escrúpulos, cumplió con la digna tarea de llevarla a un bosque y dejarla en libertad.

En esas noches de luna, colmadas de zapotes y de mangos, quienes sobrevivimos a la experiencia escuchamos cómo, desde la espesura, la habitante fiel regresa en señal del lazo que aún se conserva entre ella, la casa y nosotros.