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Portada cuento #1
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LA vida se agita sin cesar en nuestro Planeta, embelleciendo y transformando el mundo orgánico con incansable actividad. La circulación, la respiración, las secreciones diversas de las plantas —así como de los animales— son hechos conocidos de todos, ya aceptados e indiscutibles.

Pero ¿sentirán los vegetales?

Al solo enunciado de esta pregunta, se presenta ante nosotros —ante el Hombre— el fantasma del Misterio; nos hallamos atónitos y sobrecogidos, en presencia de las obscuridades de lo ignoto y postrados ante la grandeza de la Sabiduría creadora.

Los antiguos filósofos, que disertaban al frescor de los bosquecillos de Olivos, tan gratos a Minerva, o a la sombra del Plátano sagrado, dádiva del piadoso Brahma; que estaban en intimidad con la Naturaleza, como que aún pendían de su seno caluroso y palpitante; que no habían vislumbrado siquiera las maravillas de nuestra prosaica civilización materialista, no sólo creían que son sensibles los vegetales, sino que les concedían una alma capaz de pasiones y de afectos; alma que ama y odia, que se alegra o entristece. Anaxágoras y Empédocles



—genios de la vieja Grecia— consideraban las plantas como animales imperfectos, impotentes para trasladarse de un lugar a otro, pero provistos de voluntad y sensaciones.

Hoy todavía, el tuareg habitador del Sahara, respeta con religioso instinto las palmeras de sus oasis, y asegura que cuando el hacha del extranjero abate uno de esos árboles venerables y desgarra sus tejidos ricos en savia, delicados e intactos, el tronco lanza gritos como un niño que llora de dolor; lamentos que conmueven al verdugo y espantan al hijo del desierto.

El ilustre Laplace escribió: “Aunque exista una gran analogía entre la organización de las plantas y de los animales, no parece suficiente para considerar a las plantas como dotadas de la facultad de sentir, pero nada autoriza a negarles esta cualidad”.

Los botánicos del día —me complazco en citar como excepción de estos a M. Louis Crié1 —con taimada seriedad, niegan que el sueño de algunas plantas y los movimientos especiales de sus hojas o de ciertos órganos florales, sean muestra de verdadera sensibilidad. Mas ¿cómo saben ellos experimentalmente eso que nos enseñan tan orondos y tan graves? ¿Han interrogado eficazmente al Trébol que engalana los prados, al Espino de oro de las cordilleras, a las Batatillas de los campos? ¿Qué han contestado ellos?

¿Cómo saben que la oruga, que vegeta inmóvil en una roca, siente, y no siente la Mimosa pudica?

Van Tieghem explica todos esos movimientos como resultados mecánicos de un trabajo físico de los órganos. Me satisface tanto ésta como la peregrina idea de Descartes, quien veía en los animales sólo máquinas o autómatas con cuerda, fabricados por el Artífice Supremo. Para más era Linneo que, con humildad científica, consideraba estos fenómenos como una maravilla de la naturaleza, «miraculum naturae».

Francamente, los señores sabios suelen obsequiarnos con excelentes tonterías.

Consideremos la Dormidera de nuestros campos, de la familia de la mimóseas. Es una tarde serena de verano; ya se hundió el sol en el ocaso; los céfidos retozan en los matorrales; reina el silencio propio de esa hora melancólica de recogimiento y meditación. De repente, crujen las hojas secas en el suelo al paso de los lagartos que buscan los agujeros de las peñas; zumban las abejas que vuelven a su casa después de la ruda lucha en las colinas; se estremecen a intervalos los ramajes con la llegada de los pájaros al nido; la Dormidera cierra castamente sus hojas que se inclinan en silencio sobre el tallo. Y todos, insectos, reptiles, aves, mimosas, se duermen hasta que luce la aurora del siguiente día.

¿Por qué se entregan esos seres al sueño reparador, espontáneamente? Yo lo interpreto con toda claridad. Porque sintieron la aproximación de la noche con sus sombras negras y sus vientos fríos; el apagamiento del sol; el cansancio por el enérgico trabajo de sus órganos. ¿Quién lo duda?

Pero hay más: si durante el día, algún animal pisa o sacude nuestra primorosa Dormidera; si un insecto o un volátil cualquiera que ronda entre las malezas roza contra su follaje delicado; si pasa una nube y se obscurece transitoriamente el cielo, entonces «la hermana mimosa» se conmueve, se resiente del ultraje de los agentes exteriores, deja caer sus hojas ruborizada, se entristece, se marchita, parece que se muere. ¿Quién no la ha visto? ¿Y qué hombre pudiera explicarnos el fenómeno y dejarnos satisfechos?

¡El Homo sapiens! Parece que Linneo hubiera querido burlarse de sus pobres semejantes; de la inmensa muchedumbre humana. Mejor se expresó el autor del Eclesiastés cuando escribía: «Stultorum numerus est infinitus». El hombre sabe muy poco; y eso que sabe no lo sabe bien.